La señora Teresa

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La señora Teresa

Tiene 83 años, y es la tercera vez que está ingresada en estos últimos 12 meses. Descansa en la cama contigua, esperando a que le den turno para operar una cadera que ya se ha roto en otra ocasión. Conserva la cabeza perfectamente, aunque a ratos está como ausente, como si estuviera empezando a cansarse de una vida que ya poco puede ofrecerle. A veces olvida cosas, o se lía con datos y recuerdos. “S’embolica”, como dice ella. Pero sólo lo hace con cosas cotidianas o conversaciones poco relevantes. Porque los recuerdos importantes los tiene grabados a fuego en la memoria. Como el recuerdo de su marido, que falleció hace unos años, después de toda una vida juntos.

El motivo de que la señora Teresa esté ingresada no es otro que el aburrimiento. El aburrimiento de levantarse cada día y ver pasar las horas sin más estímulos que un televisor lleno de programación basura, y que el pasado viernes provocó que llena de hartazgo, se levantase de la silla sin avisar a su hijo, y se diera de bruces contra el suelo. Como no es la primera vez que le ocurre, ella espera paciente en la primera cama de la habitación nº434 del Hospital general de Castellón, con un semblante tranquilo y sereno, que parece decir que la vida ya no tiene ni prisa ni interés para ella.

Ya sean sus hijas, sus nueras o Georgeta, su cuidadora, se van turnando uno a uno para acompañar a la señora Teresa, que no recibe más visitas que las de los médicos y enfermeros que entran de vez en cuando en esta habitación. Y es que conforme la gente se hace mayor, parece ser que se ven relegados al olvido de familiares, nietos, amigos… que no somos capaces de pensar que cuando la vida se hace vieja, sólo hay una cosa que la hace más plena: la compañía.

Por las noches sueña, y habla en voz alta, mientras vive esas historias y aventuras que el día a día ya no le ofrece. Habla casi con más claridad que cuando está despierta, como si soñando estuviese más viva. Y puede que así sea. Puede que los sueños la transporten a sus días, a cuando de verdad vivía. Porque seguramente, desde hace años, su vida se resume a que la levanten, la aseen y la sienten delante de un televisor que ya le harta tanto, que no ha querido ni encenderlo durante todos estos días que lleva ingresada en el hospital.

Así que, para hacerle los días mas cortos, le contamos cosas, y le damos temas de conversación, que ella acoge o esquiva con más o menos interés, en función de el ánimo que presenta en ese momento. Pero cuando le preguntas por su vida, por sus recuerdos, por su gente o su juventud, la mirada se le enciende y las pupilas se le dilatan, como si a la vez que cuenta sus vivencias, las estuviera viendo proyectadas en una gran pantalla de cine. Entonces no se le olvida nada. Nombres, anécdotas, recuerdos… Ese es el mejor calmante que tiene para combatir el dolor que le provoca por un lado la cadera rota, y por otro el paso del tiempo.

A ratos, ella sola se queda cavilando, y arranca con entusiasmo la misma conversación concluida anteriormente. Ella lo sabe, no está tonta, pero le da igual. Esa conversación le vuelve a llenar de vida, y eso es lo único que le importa. Mañana, seguramente, volverá a sacar ese mismo tema. Ella lo sabe, no está tonta, pero le da igual, porque esa conversación le volverá a llenar de vida. Tan sencillo, pero a veces tan complicado. Tener alguien al lado que te hable, que te escuche, cuando ya tu vida parece dejar de tener interés para todos.

La señora Teresa está aquí, a 2 metros de mí, intentando volver a dormirse, porque esa puede que sea la mejor manera que tiene una persona mayor para hacer frente al tedioso pasar del tiempo. La señora Teresa es real, pero podría ser cualquiera de nosotros, que si la vida da para contarlo, nos hará pasar por esa misma situación, y entonces igual nos daremos cuenta de lo simple y valiosa que es una única cosa: la compañía.

 

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