La gran olvidada

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La gran olvidada

Recorrer Portugal es sin duda una experiencia que nos demuestra claramente lo aislados que vivimos de mundo. Un país con una cultura riquísima, una historia muy interesante, una gastronomía exquisita y asequible para todos, unas ciudades llenas de contrastes, unos parajes indescriptibles, y unas playas de ensueño. Y sin embargo, rara vez miramos a nuestros vecinos, y casi podríamos decir que no los tenemos en cuenta para nada. Y es una verdadera lastima.

Viajar de norte a sur por el país luso es descubrir una caja llena de bombones, en la que cada vez que te paras, observas, y disfrutas de uno de ellos, piensas que el siguiente no pude ser mejor. Pero si lo es. Cada ciudad, cada rincón, cada parque natural, es una experiencia enriquecedora. Cierto es que año tras año son mas los turistas que lo visitan, y eso se deja notar en verano. Pero aún así, sus ciudades llenas de gente que suben y bajan por las pequeñas calles empedradas, son otro encanto de los muchos que posee.

Comenzando con la disparidad de escenarios y contrastes que ofrece una ciudad como Oporto. La historia que brota de cada una de sus fachadas de azulejos. El aroma y sabor de sus bodegas, mimadas con todo el cariño y buen hacer de sus gentes. El sonido elegante del fado, que emerge de cada uno de sus bares y tabernas. O su voluntad de asomarse al rio, como si toda la ciudad fuera un balcón enorme que se apresura en inclinarse hacia sus aguas, para contar cuantos barquitos pasan cada día. 

Continuando con la chispa, el ambiente y el señorío de su capital, Lisboa. El placer de abrirse al mar y vivir de él. El jolgorio de sus avenidas y plazas. La belleza de sus calles, marcadas por railes que dejan pasar una y mil veces la historia viva que son sus tranvías. El color de sus fachadas. El sosiego de sus barrios y la alegría de sus noches.

Y sin olvidarnos de muchos otros rincones. La sabiduría de Coimbra y sus ecos de jazz. El encanto de averió paseada en góndola, y sabor a mar de sus casas rayadas. La fuerza de la historia, reflejada en Batalha. La calma de sus pueblos pesqueros, y el vigor del mar, que golpea como nadie en Nazaré. La inmortalidad medieval de Óbidos y sus murallas. La diversión de su arena y sus olas, desde peniche hasta cabo San Vicente. La magia de Sintra y todos sus palacios y castillos. El poderío de Cascais y Estoril. El sonido del viento en Sagres, que acaricia cada rincón, cada acantilado. El azul de las playas del Algarve, que penetran en la roca dibujando miles de cuevas y escondites. La majestuosidad de Ria Formosa, donde perderse en sus playas es recordar lo pequeños que somos ante la naturaleza.

Portugal es infinita, interminable, insuperable. Esa tierra que al volver de ella, comenzamos a mirar,… a hablar,… a disfrutar. Esa gran olvidada, que una vez vivida, ya nunca podrás olvidar.

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