Tierra de la tierra

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Tierra de la tierra

Marruecos es ese país donde parece que nace la tierra, donde todo te suena, tan distinto pero tan igual a nosotros. Donde la cultura hizo al hombre, y el hombre hizo a la cultura. Un lugar que se niega a subir al tren de la modernidad innecesaria, en ocasiones porque no tiene los medios suficientes para ello, pero muchas otras porque sabe que cuidar su casa es lo que le ha permitido sobrevivir en el tiempo.

A veces miramos al otro lado del mundo para buscar un destino exótico, a miles de kilómetros de casa, y no nos paramos a pensar que al otro lado del estrecho, a dos horas de vuelo, nos aguarda una de las experiencias más imprescindibles que te puedas llevar en esta vida. La puerta hacia un continente que probablemente, cuando lo sostenible se haga necesario, tenga mucho más que enseñarnos a nosotros que nosotros a él. La puerta a un mundo que sólo conocemos por injustos y populistas tópicos. La puerta de África y a su vez, la puerta del mundo árabe.

Y hablamos del mundo árabe, y no musulmán, porque Marruecos es mucho más que eso, y a veces queremos empeñarnos en encasillar y enfocar todo hacia el discurso islamista. El mundo árabe incluye muchos mundos en su interior, muchos de ellos musulmanes y algún otro que no. Pero incluso dentro del islam, hay muchos distintos. Cada uno vive el islam a su manera, como ocurre aquí, donde cada uno vive el cristianismo a la suya. Y como dicen ellos mismos, a quien más daño hacen los tópicos, los populismos y los radicalismos, es sin duda alguna a ellos mismos. Mucha gente joven, como aquí, está creciendo desde el respeto a los demás, desde el cariño a los suyos, sean hombres o mujeres, y desde la tolerancia y la educación hacia el mundo. Así que seguiremos hablando del mundo árabe, en general. Ese que nos dio, nos enseñó, y nos dejó tantas y tantas cosas como legado en nuestra cultura.

Cierto es que sus grandes ciudades como Marrakech, siendo tan diferentes, tienden cada vez más a modernizarse y globalizarse. Aunque por suerte para nosotros, allí lo hacen de una manera muy muy lenta, y pasear por sus calles te lleva a un mundo totalmente antónimo al nuestro. Perderse por los rincones menos turísticos de Marrakech es toda una experiencia para los sentidos. Lo mismo puedes acabar en una calle llena de talleres y cooperativas donde se trabajan las materias primas como hace más de dos mil años, que puedes quedar atrapado varios minutos en un atasco generado únicamente por burros, mulas y carros. Escenas todas ellas que te quedan grabadas en la retina para siempre.

Aun así, es en sus zonas rurales, en sus regiones más apartadas, donde de verdad inhalas la grandeza y la singularidad de sus gentes. Cuando te alejas de las grandes urbes es donde de verdad respiras es Marruecos marcado por la cultura beréber, por sus tradiciones más arraigadas, y sus micro sistemas sociales que casi no salen de su región. En esas zonas, se cuida la tierra, el agua, y los métodos, para poder vivir de la naturaleza sin depender de nadie. En esas zonas, las comunidades se generan a través del comercio local, en el que tu me vendes a mi, y yo te vendo a tí.. tu me ofreces a mi y yo te ofrezco a ti… y entre todos nos hacemos autosuficientes. En esas zonas, todo se hace por y con un sentido, todo tiene su explicación, y todo se funde con la tierra, porque ellos tienen claro que de ella nacemos y de ella vivimos. Y no, no creo que den la espalda a las nuevas tecnologías, comodidades, maquinarias… pero ello no quita que tengan claro lo que se puede y lo que no se puede. O al menos eso parece.

Seguramente el dinero iguala a casi todos, y también contarán en su sociedad con sus propios problemas de corrupción, pillaje, intereses económicos, anhelo de poder... El ser humano parece incapaz de librarse de ello. Pero su atmósfera transmite esa sensación de ser un pueblo preocupado en mantener su identidad, su cultura, su forma de vida. La hostilidad y dureza de su entorno les ha grabado a fuego su forma de vida. Saben que tiene que ser así, porque así era antaño la única manera de subsistir, y puede que en un futuro lo vuelva a ser. No giran la cara a los problemas del clima y el medio ambiente, no les hace falta, porque han aprendido a vivir con ello, y han sabido solucionarlo.

En nuestra ruta tuvimos la suerte de dar a parar con la magia de “Ven a Marruecos”. Un grupo de chavales que provienen de la zona más recóndita del desierto de Marruecos, y que han creado una agencia de viajes única. Un concepto familiar, cercano, divertido. Chicos jóvenes, con muchas ganas de trabajar, con una cultura tan abierta y tan global que nos sorprende y nos hace pensar lo idiotas que podemos llegar a ser a veces los europeos. Ellos unen las ganas de enseñar y alegrar, y lo funden con el afán de mostrar su cultura más arraigada, la cultura beréber. Le han echado coraje a la vida, y desde un pequeño pueblo del sudeste marroquí, este grupo de muchachos probablemente son, sin saberlo, el mejor estandarte y escaparate al mundo para todos los que quieren visitar su país, convirtiendo tu visita en una experiencia divertida y enriquecedora.

Mirar atrás es dejar con tristeza a Moha, Ibra, Abdul, Omar… y el resto de jóvenes que forman esta grupo tan especial. Pero seguramente, volveremos. En otra ocasión que miremos un destino exótico, a miles de kilómetros, y volvamos a acordarnos que aquí a lado, a tan solo dos horas, nos aguarda de nuevo otra de las experiencias más imprescindibles que nos podamos llevar de esta vida.

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